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Full text of "El último capítulo : juguete cómico en un acto y en verso"

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11098 

Eli TEATRO 

COLECCIÓN DE OBRAS DRAMÁTICAS Y LÍRICAS, 



EL 

ÚLTIMO CAPÍTULO, 

JUGUETE CÓMICO EN ÜH ACTO Y EX VERSO, 

x POR 

DON RICARDO GUIJARRO. 



MADRID: 
OFICINAS, PEZ, 40, 2.° 

1872. 

s2 



ADICIÓN AL CATALOGO DE 1.° DE JULIO DE 1871. 



EL TEATBO. 



TÍTULOS. 



Frop. que 
Utos, corresponde 



TÍTULOS. 



Prop. ql 
Actos, cotrespom 



A tal amo tal criado 1 Todo. 

Al que se hace de miel i Id. 

D. Ramón de la Cruz i I i. 

El amor y la astucia 1 Id. 

El barómetro i Id. 

Entre el nieto y el abuelo. . . 1 Id. 

La firmeza de un gallego ó las 

últimas elecciones 1 Id. 

La pet ica i Id . 

La verdadera nobleza { Id. 

La astucia de un andaluz. . . 1 id. 

Nubes i Id. 

Pobres y ricos 1 Id. 

Receta para casarse i Id. 

Un hombre comprometido.. . i Id. 

Un momento de locura 1 Id 

Una perra y un gato i Id. 

Amor, honor y poder 3 Id. 

El testamento de Acuña. ... 3 Id. 

La astucia de un asistente. . 3 Id. 

Lá mosca blanca. 3 Id. 

Los secuestradores de Anda- 
lucía 

Los dulces de la boda 

Los niños grandes 

Odio y amor 

C de L. (Zarzuela.) 

Cuatro demonios y un cabo. . 

Chamusquina ó la Hija del 

petróloo { 

¡¡¡Palomo!!! 1 

Tamberlik, Mario y Latorre. . I 

Un sevillano en la Habana. . i 

=Tocar el violón \ 

El marino 2 

= ¡E1 Teatro en 1876!! 2 

Los dragones ?. 

Justos por pecadores 3 

Un lio entre dos castaños.. . 



3 Id. 

3 Id. 

3 Id. 

3 Id. 

1 L. y M. 

\ Id. 



Libro. 

L.yM 

Id. Id. 

Id. Id. 

Libro. 

L.yM. 

Libro 

L.yM. 

L.yM 

Todo. 



La feria de las mujeres, 

La escala de la ambición. . . . 
El Caballero de Gracia 

rPerla. (Zarzuela.) 

La peluca de mi mujer 

La fuerza de la conciencia. . . 

Un empréstito forzoso 

Agustina la cantinera 

La Virgen del Amparo 

Tres al saco 

Los pastores de Belén, (ópera.) 

Amor y caridad 

Amor paternal 

La tarde de Noche-buena... . 

La caja de Pandora 

Los zapatos de baile 

Intriga y amor 

El miedo guarda la viña. . . . 

El justo medio 

La Rubia 

Obrar bien, que Dios es Dios. 

Batalla de Ninfas 

El prisionero cristiano, 

Un bello ideal 

Llegó la hora!! 

El nacimiento del Mesías... . 

El primer dia feliz 

Alma por almqp ... 

Patria 

Nicolás Rienzi 

El novio de su mujer 

La mujer compuesta 

El Redentor del mundo 

La venida del Mesías 

Un Milord de Ciempozuelos.. 

La leyenda del diablo 

La suegra 

Violetas y girasoles 

El último capttuio 



3 
3 
3 
1 Libro. 



i 


Todo. 


3 


Id. 


1 


Id. 


1 


Id 


2 


Id. 


1 


Id. 


3 


L. yM 


1 


Todo. 


3 


Id. 


3 


Id. 


3 


Id. 


1 


Id. 


4 


Id. 


3 


Id. 




Id. 


\ 


Id. , 


2 


Id.- 


4 


Id. 


1 


Id. 


1 


Id. 


i 


Id. 


4 


Id. 


3 


Músic 


i 


Todo. 


1 


Id. 


3 


Id. 


3 


Id. 


3 


Id. 


3 


Músic 


\ 


Libro 


i 


Id. 


4 


Id. 


\ 


Id. 


3 


Id. 


\ 


Id. 



Han vuelto á estas galerías las obras del Sr. Boldun, que durante un cort 
tiempo ha administrado El Proscenio, y por lo tanto nuestros comisionado 
se encargarán nuevamente del cobro de sus derechos. 



EL ULTIMO CAPÍTULO. 

JUGUETE CÓMICO 

EN UN ACTO Y EN VERSO , 

POR 

DON RICARDO GUIJARRO. 



Estrenado en el Teatro del Circo la noche del 18 de Abril 
de 1872, en el beneficio de la Srta. Doña Clotilde T,nml>ía. 



MADRID. 

IMPREIVTA DE JOSÉ RODRÍGUEZ, CALVARIO, 18. 



1872. 



PKKSONAJES. ACTORES. 



EMILIA Srta. Doña Clotilde Lombía. 

LUIS Don Juan Casañer. 



La idea de esta obra está basada en uu proverbio 
janees. 



Esta obra es propiedad de su autor, y nadie podrá, sin su 
permiso, reimprimirla ni representarla en España, ni en sus 
posesiones de Ultramar, ni en los paises con los cuales haya 
celebrados ó se celebren en adelante tratados internacionales de 
propiedad literaria. 

El autor se reserva el derecho de traducción. 

Los comisionados de las Galerías Dramáticas y Líricas de los 
Sres. GULLO.N é HIDALGO, son los exclusivamente encargados 
del cobro de los derechos de representación y de la venta de 
ejemplares. 

Queda hecho el depósito que marca la ley. 



AL DISTINGUIDO ACTOR 
DON JUAN GASAÑER- 



Tiempo ha que ofrecí dedicar á usted este 
juguete. Hoy satisfago mi deuda, y esta es la 
>n?n£<r¿L vez en mi vida que he pagado con gusto á un 
acreedor. 

Ningún mérito tiene El último capítulo, pe- 
ro le miro con cariño porque ha sido patroci- 
nado por dos actores queridísimos del público: 
Clotilde Lombía y usted. 

Ustedes dos han sabido bordarle con mil pri- 
mores y detalles dignos de su talento. 

No aprecie usted mi pobre trabajo en lo poco 
que vale; mírelo tan sólo como prueba del 
aprecio y de la amistad que le profesa 



Hl'cvitc'c» (xiiuatAO 



668604 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hil 



http://archive.org/details/elltimocaptuloju2523guij 



ACTO ÚNICO. 



Salón elegante y rico: aparecen Emilia y Luis, sentado» el 
uno frente al otro, junto á una chimenea: momentos de si- 
lencio. 



ESCENA PRIMERA. 

LUIS v EMILIA. 



Luis. 


¿Llamabas? 


Emilia. 


¿Yo? no. 


Luis. 


Oeia... (Pausa.) 




¿Qué quieres? 


Emilia. 


¿Otra vez? 


Luis. 


¡Bah!... 




Sé franca; estás de seguro 




estallando por hablar: 




entendámonos... ser muda 




y mujer, se aviene ma!. 




¿Te fastidias? 


Emilia 


Mortal m^nte. 


Luis. 


Mil gracias por la bondad: 




eso es decir que te aburro. 


4ÍMILIA. 


Ps... 


Luis. 


Respóndeme. 


Emilia- 


Quizá. 


Luis. 


(Hiciendo un movimiento de inquietud.) 



— «s 



Vaya unas sillas incómodas. 

Emilia. Allí tienes el diván. 

Luis. Estoy mejor á tu lado. 

Emilia. ¡Qué amable y qué fino estás! 

Luis. ¿Á que no sabes en qué 
me ocupo dos años há? 

Emilia. Si no lo dices... 

Luis. Pues oye: 

el lazo matrimonial 
hace hoy dos años cabales 
que nos une en santa paz: 
he invertido estos dos años. . . 
Te voy á inmortalizar, 
de seguro... En escribir 
un libro piramidal, 
obra práctica y doméstica, 
cuyo título será: 
«Mi mujer...» ó sea: Tratado 
de ternura conyugal. 
No me has hecho gracia. 

Vamos 
á cuentas, cara mitad: 
¿por qué estás triste? 

Por nada. 
Apelo á tu tribunal. 
Sé franca. 

Si no estoy triste. 
Emilia, eso no es verdad. 
Juzga, condena, ó perdona, 
que bien puedes perdonar 
á un marido como yo, 
que soy bueno, si los hay. 

(Saca la petaca y trata de en 

¿Me permites? 
Emilia. No. 

LüLS. (Guardando el cigarro.) MÍ espOSa 

tiene una amabilidad!... 
Emilia. Gracias. 
Luis. No me das ni un s olo 

derecho individual. 

Todos los maridos fuman, 

y yo no puedo fumar 



Emilia. 
Luis. 



Emilia. 
Luis. 

Emilia. 
Luis. 



ír un cigarro. 



Emilia. 


¿Dónde? 


Luis. 


En el gabinete 




de mi preciosa mitad; 




de mi Cielo... (Se levanta.) 


Emilia, 


(Ofendida.) Á decir ibas, 




en mi casa. 


Luis. 


¿Yo? No tal. 


Emilia. 


Sí ya sé que soy tu esposa, 




y que no hay más voluntad 




en la casa, que la tuya; 




y que la debo acatar, 




y que eres dueño absoluto, 




y que mandas... 


Luis. 


(Asombrado.) ¿Y qué más:? 




¿te he dicho yo alguna vez? 


Emilia. 


Pero lo piensas... 


Luis. 


¡Já!já! 


Emilia. 


Vamos, me matas con esos 




alardes de autoridad. 


Luis. 


¡Já!¡já! ¡já!... 


Emilia. 


Rie, tirano. 


Luis. 


¿Tirano?... Eres celestial. 


Emilia. 


Hablo de veras. 


Luis. 


¿De veras? 


Emilia. 


Con toda formalidad. 


Luis. 


¡Oiga! 


Emilia. 


Y es cosa terrible 




ser esclava, y soportar 




tus celos, y tus... 


Luis. 


¡Muchacha! 




¿Tuve yo celos jamás? 


Emilia. 


Es verdad... no eres celoso... 


Luis. 


¿Y te ofendes? 


Emilia. 


Claro está. 


Luis. 


¡Pero chica!... 


Emilia. 


Estos Adouis 




se llegan á imaginar, 




que en pos de sus atractivos 




las pobres mujeres van, 




y creen que todo lo absorbe 




su mérito personal. 



- 10 — 





Di: ¿tan poco valgo yo, 






tan exigua es mi beldad, 






que no empaña ni una sombra 






tu confianza? 




Luis. 


Jamás. 




Emilia. 


¿Y nunca recelas? 




Luis. 


Nunca. 




Emilia. 


Es mucha seguridad, (pausa.) 






(Reclina la cabeza sobre el respaldo de la silla, 


y 




entorna los ojos.) 






¡¡Qué aburrimiento!' . 




Lus. 


Inventemos 
cualquiera distracción. 




Emilia. 


¿Cuál? 




Luis. 


Hagamos algo .. Ese tedio 
es casi una enfermedad. 




Emilia. 


Lo sé. 




Luis. 


Mira, Emilia; antes 
era envidiable la paz 
y la ventura que hacían 
un cielo de nuestro hogar, 
y hoy... no me explico la causa 
de cambio tan radical. 
Antes vivías alegre, 
y hoy... sabe Dios cómo estás: 
vamos... me tratas de un modo 

oco... constitucional. 
¿Qué te pasa? 




Emilia. 


(Rápidamente.) Atiende, Luis: 

te debo manifestar 

que en casos como el presente, 

las mujeres nunca van 

á buscar en sus maridos 

el remedio de su mal. 

(Ap.) Chúpate esa. 




Luis. 


La respuesta 
es algo particular. 
¿Conque buscan otros médicos? 
Explícate. 




Emilia. 


No sé mas. 




Luis. 


Quiero saberlo. 




Emilia. 


¿No has dicho 





- 41 - 



que en tu pecho no hay lugar 

para los celos?... 
Luis. Lo dije, 

y lo afirmo, y es verdad. 
Emilia. Entonces... 

LUIS. (Apoyándose en el respaldo de la silla de Emilia. 

Es que dos clases 
de virtud tan sólo hay; 
una la inspiran los ángeles, 
otra el mismo Satanás. 
Una es espejo clarísimo, 
de cuyo limpio cristal 
ni un pensamiento liviano 
,se atreve el brillo á empañar, 
y resplandece, y se funde 
en el amor conyugal. 
La otra virtud es mezquina, 
poco sólida, fugaz, 
os lleva al bien por costumbre, 
por orgullo, y nada mas. 
Cuando la vida declina, 
ésta no viene á cerrar 
nuestros párpados, ni riega 
con flores la eternidad. 
Ya sé que la blanca frente 
puedes con orgullo alzar; 
pero á veces, hija mía, 
conmigo de un modo estás, 
que ignoro si tu virtud 
es virtud ó vanidad; 
esto es, si es virtud de ángel 
ó virtud de Satanás. 
He dicho. 

Predicas bien, 



Emilia. 

Luis. 
Emilia. 



Luis. 

Emilia. 



pero lo predicas mal. 
Capitulemos... 

Escucha. 
Una promesa falaz 
de tus labios me condujo 
á las gradas del altar. 
Prosigue. 

Aquella ternura, 



/ 



•y -r /l C¿i 'Crt^i 



12 — 

aquel cariñoso afán, 
y aquel inundar mi vida 
¿e amor y felicidad, 
lo trocaste en egoísmo 
con la bendición nupcial. 
Ya no te fijas en mí, 
amas tu comodidad... 
Si vamos á las reuniones 
me dejas sola y te vas. 
Mira... ¡si vieras qué enojo 
siento en el pecho esfallar!... 
¡Dios nos libre!... Y es el caso 
que nunca falta un truhán 
que anhele coger el fruto 
de mi abandono social. 

LUIS. (Alarmado.) 

¿Mas tú?... (a p .) Ya pareció aquello. 
Emilia. Antes, junto aquel sofá, 

pasabas horas enteras 

fijo, sin pestañear, 

hecho un bobo, contemplándome, 

y hoy... no te acercas jamás. 

Cuando me apoyo en tu brazo 

vas andando á todo andar; 

sin ver si puedo seguir 

tu paso descomunal, 

y antes mi mano sentía 

tu corazón palpitar. 

Pero lo que es más horrible, 

más impertinente y más... 
Luis. Dilo. 
Emilia. (Con reserva.) Escucha: es que ahora engorda;» 

de un modo fenomenal. 
Luis. Comprendo. 
Emilia. Dígame usted 

de parte de quién está 

la razón... 
Luis. (chanceándose.) Soy un perdido. 
Emilia. Y no se debe extrañar 

que la mujer que se encuentre 

en mi caso excepcional, 

vea con asombro un dia 



- 43 - 

por su espíritu cruzar 
una imagen halagüeña, 
embriagadora, falaz... 
y entusiasta, que le ofrezca 
lo que le falta en su hogar. 

LUIS. (Alarmado.) 

Di... ¿y has visto esa visión?... 

EMILIA. (Mirándole fijamente.) 

¿Vision?... sí... 
Luis. ¿Y en dónde está?... 

Emilia. Si no eres celoso... (Riendo.) 
Luis. ¡Vamos!... 

Hoy te has propuesto acabar 

con... ¿Qué te falta?... 
Emilia. (Trágicamente.) ¡Entusiasmo! . . . 

¡admiración!... 
Luis. Ven acá. 

(Cruza un brazo por los hombros de Emilia, é i 
clina la cabeza hasta casi tocar la de su mujer.) 

Emilia. Quita. 

Luis. Si estoy admirándote... 

¡Eres sobrenatural! 
Emilia. (Separándose.) Déjame. 

(Se levanta y se dirige hacia su cuarto.) 

Luis. Y qué más defectos 

me notas?... 
Emilia. En realidad 

son tantos, que es imposible 

llegarlos á enumerar; 

pero entre tus graves faltas 

la falta más capital 

es la de pasar la vida 

tumbado en aquel diván, 

convertido en cancerbero 

que me atisba sin cesar: 

yo ya sé andar sola, y yo 

no necesito fiscal. 
Luis. ¿Quién te entiende!! 
Emilia. Aquí te dejo. 

Voy á vestirme. 
Luis. ¿Te vas? 

Emilia. Sí. 



— 14 — 

Lus. No te vayas... Te juro 

que en balde no ha de pasar 

nuestro diálogo. 
Emilia. Lo siento. 

He comprometido un wals 

con el vizconde, y me aguarda 

la marquesa. 
Luis. (Pensativo.) ¡Ese truhán! !... 

Te suplico... 
Emilia. Hijo, no puedo... 

Luis. Tú, quieres representar 

la comedia titulada 

República conyugal... 
Emilia. Sí, y en prueba de que es cierto... 

Salud y fraternidad, (váse.) 

ESCENA II. 

LUIS. 

¡El Vizconde!... No hay temor... 

Es un necio y no es creíble 

que... Pero... ¿y otro?... Imposible: 

ofendo á Emilia... ¡Qué horror!... (Pausa.) 

¡¡Es tan grave ser marido 

y pecar de confiado!!... 

Vaya, Emilia se ha empeñado 

en que dude, y ha creído 

que torturando mi ser 

la querré más; porque son 

los celos un eslabón 

que une el hombre y la mujer. 

¡Encantadora!... Me engrío 

pensando que soy el dueño... 

¡Ese vizconde!... 

(con confianza.) ¡Qué empeño!... 

Si ella... Vamos, no me fio. (Pausa.) 

¡¡Va alegre como unas pascuas, 

y conmigo tal rencilla!!... 

¡¡El diablo de la chiquilla!!... 

Francamente, estoy en ascuas. 

Incomprensible es su anhelo: 



- lo — 

al darme la voz de alerta, 

exige que me convierta 

en una especie de Ótelo... 

y lo consigue, en verdad, 

y á veces tanto me arguye, 

que siendo buena, concluye 

con nuestra felicidad. (Pausa.) 

Lo digo como lo siento: 

el que hace la valentía 

de casarse merecía 

por su arrojo un monumento. (Pausa.) 

Prudencia... ¿Qué hemos de hacer 

para evitar su desvío 

apartando del vacío 

los sueños de la mujer? (Pausa ) 

Entre el placer nos gastamos 

vagando sin rumbo cierto, 

y hartos, buscamos un puerto 

en la mujer, y lo hallamos: 

y cansados de vivir, 

cuando el placer nos hastía, 

vieno una niña, y nos fia 

su amor y su porvenir, 

y al realizar sus desvelos 

tiembla, y la mano nos tiende, 

cuando el hombre ya no entiende 

el lenguaje de los cielos, 

y cuando el hombre ha gastado 

su amor y su juventud 

ve sombras en la virtud 

del ser que tiene á su lado. 

La mujer es una perla, 

y el que intente conservarla 

no olvide que es custodiarla 

más difícil que obtenerla. (Pausa.) 

Pues señor, me he divertido: 

desde ahora en adelante 

vuelvo a' mi papel de amante, 

y renuncio al de marido. (Pausa.) 

Pero... sepamos ahora 

si usted, que en dudas me abisma, 

es por ventura la misma... 



16 



No señora, no señora... 
Usted también ha cambiado 
como este débil mortal, 
y del campo conyugal 
hace un país conquistado, 
y son leyes sus antojos, 
y al hablarla de mi amor 

no baja, usted con rubor 
tímidamente los ojos... 

Y del risueño semblante 

ha anublado el dulce brillo, 

y echa usted un geniecillo 

que el demonio que lo aguante. ( Pausa.) 

¡Pobre Emilia!... Por fortuna 

yo soy el más delincuente... 

No hay temor... si es inocente... 

si es buena como ninguna. 

Ella mi encanto será; 

y si hoy con celos me asedia, 

finjamos una comedia 

para atraerla... Aquí está. 

(Sentándose junio á la chimenea.) 



ESCENA III. 



LUIS y EMILIA en traje de baile. 



Emilia. 


Adiós, hijo. 


Luis. 


Te vas? 


Emilia. 


Sí. 


Luis. 


Puedes oir un momento? 


Emilia. 


Habla. (Con impaciencia.) 


Luis. 


(Con calma.) Me gusta este asiento 




más de lo que presumí. 




No salgo. 


Emilia. 


(Tratando de irse.) Que te diviertas. 


Luis. 


No, si no sales tampoco. 


Emilia. 


Quién lo impide? 


Luis. 


Yo. 


Emilia. 


Estás loco? 


Luis. 


No quiero que te perviertas. 


Emilia. 


Eh? 



— 17 



Luis. Ni que vaya un galán 

á regalarte el oido 

mientras esté tu marido 

tumbado en aquel diván. 

Que estás en peligro infiero, 

y de mí no has de apartarte; 

estoy resuelto á guardarte, 

ó soy ó no cáncer ver o. 

Qué quieres!... He meditado 

que en la presente ocasión 

no puedo ser el ladrón, 

y puedo ser el robado, 

y es fácil que por mi mal 

algún truhán atrevido 

intente sacar partido 

de tu abandono social. 

No sales. 
Emilia. Tu ceño adusto 

me embelesa y me enamora. 
Luis. Que no sales. 
Emilia. Pues ahora 

voy al baile con más gusto. 

(Tira de la campanilla y entra un criado.) 
LUIS. Sí... eh?... (Se levanta.) 

Emilia, (ai criado.) Preven al cochero 
que enganche. 

(Sale el criado: Luis tira de la campanilla, y apa- 
rece el criado nuevamente.) 

Luís. Juan, esta noche 

no sale de casa el coche, (váse el criado.) 

(Emilia echa á correr y coge el cordón de la cam- 
panilla: Luis va tras ella y hace lo mismo, impi- 
diendo que llame. 

Emilia. Yo lo exijo. 

LUIS. (Encendiendo un cigarro.) Y yO nO quiero. 

Emilia. ¡Y fuma!. ..¡Dios soberano, 

qué insolencia!... 
Luis. Caprichosa... 

Emilia. Ve que faltas á tu esposa. 
Luís. Ó soy ó no soy tirano. 

Estás bajo mi dominio, 

y si á mi contrario veo... 

9 



— 48 — 



Kmilia. 


(Sin atenderle.) 




¡Qué monstruo!... 


Luis. 


Le abofeteo: 




he jurado su exterminio. 


Emilia. 


un... 


Luis. 


No puedo tolerar 




que otro que bien te parezca 




te jure amor, y te ofrezca 




lo que te falta en tu hogar. 




Y... á propósito, señora, 




¿quién es aquella visión 




que embellece esta mansión?... 


Emilia. 


¿Quieres que lo diga?... 


Luis. 


Ahora. 


Emilia. 


(Cómicamente.) 




Escucha... 


Luis. 


Por Belcebú, 




habla... 


Emilia. 


¿No habrá sangre? 


Luis. 


No. 


Emilia. 


(Como en secreto.) 




La visión que he visto yo 




en esta casa, eres tú. 




(Pone á su marido delante de un espejo.) 




Por esta y otras razones 




me voy. 


Luis. 


No sales. 


Emilia. 


Que sí: 




no quiero quedarme aquí 




como aquel que ve visiones. 


Luis. 


¿Piensas que en broma te hablo? 


Emilia. 


No, si no lo tomo á juego. 


Luis. 


¿Leyeron á usted en griego 




la epístola de San Pablo? 




Señora, no hay remisión; 




allí consignado está 




que la mujer no saldrá 




sin permiso del varón, 




y usted oyó su lectura 




palpitando de alegría, 




y usted prometió ser mia 




ante una cruz y ante un cura. 



— 19 — 



Emilia. 


(Ap.) Nada, no debo ceder. 


Luis. 


(Cómicamente.) 




Emilia, la frente inclina 




ante la santa doctrina 




que emancipó á la mujer. 


Emilia. 


Pues ven conmigo. 


Luis. 


No tal. 


Emilia. 


Harás que mi enojo estalle. 


Luis. 


No has de seguir por la calle 




mi paso descomunal. 




(Se echa sobre el diván.) 


Emilia. 


(Ap.) ¡¡El divancitoü 


Luis. 


La gente 




al mirarnos se reiría; 




claro está, criticaría 




mi gordura impertinente. 




Y tu belleza ideal 




será á los halagos sorda 




de este pobre ser que engorda 




de un modo fenomenal. 


Emilia. 


(Con ira.) ¡Vamos!... 


Luis. 


Devora ese tedio 




corre al punto á desnudarte 




y vuelve, tengo que hablarte. 


Emilia. 


¡¡Marido atroz!!.. 


Luis. 


No hay remedio. 


Emilia. 


Esto de la raya pasa. 


Luis. 


Has de respetar mi ley, 




que al fin y al cabo es un rey 




cada marido en su casa. 


Emilia . 


¡¡En SU Casa!! (Fuera de sí.) 


Luis. 


(Con exagerada ternura.) A la verdad, 




aunque matas mi reposo, 




te quiero mucho. 


í" mi lia. 


(Remedándole.) \\MÍ esposo 




tiene tina amabilidad" 


Luis. 


Quítate ese traje. (Imperiosamente.) 


Emilia. 


¿Usted 




su conducta ha meditado? 


Lu s. 


Sí señora. (Ap.) La he dejado, 




pegadita á la pared. 


Emilia. 


Pues no tiene su acritud 



— 20 



Luis. 

Emilia. 



Luis. 

Emilia. 



Luis. 



Emilia. 
Luis. 



Emilia. 



Luis. 

Emilia. 
Luis. 



disculpa ni explicación, 
ahora que la ilustración 
rechaza la esclavitud, 
y ya que tu enojo inmola 
á la que tu encanto ha sido, 
debieras haberte unido... 
Sigue. 

Á una negra de Angola. 
¿Eres el hombre formal 
que ser mi apoyo ha jurado?... 
¡Y tú escribes un tratado 
de ternura conyugal]... 
Algo ilusorio es el título 
si hemos de juzgar por esto. 
Es que en esta escena he expuesto 
el plan del primer capítulo. 
¿Y usted conmigo se encona?... 
¿y es usted el que rendido 

deCia, SÍ he delinquido (Remedándole.) 

juzga, condena 6 perdona? (Pausa.) 

Usted se inclinó ante el yugo 

de su amoroso deseo, 

y usted que antes era el reo 

quiere trocarse en verdugo. 

(Levantándose.) Mira: entre amargos desvelos 

muere mi ilusión querida; 

tú has despertado en mi vida 

los celos. 

¡¡Malditos celos!! 
El luto siempre va en pos 
de los celos, son temibles; 
ha de haber dias terribles 
de amargura entre los dos. 

(Conteniendo las lágrimas.) 

Contra esa odiosa crueldad 
una y mil veces protesto. 

Cumple mi Orden. (Señalándole su alcoba.) 

(Yéndose.) Te detesto. 

(Remedándola.) Salud y fraternidad. 



ESCENA IV. 

LCIS, tira de la campanilla. 

Pues señor, lo que es la niña 
es rabiosilla de veras. 

(Entra un criado.) 

Vé á mi despacho: esta llave 

abre el cajón de la mesa; 

dentro hallarás una carta, 

tráemela... ¡¡Sublime escena!! 

Comprende mi amor, y abusa 

la infame de tal manera... 

De mí no debe quejarse, 

y luice muy mal si se queja, 

que maridos como yo 

difícilmente se encuentran. 

Cuando está de buen talante 

mi mujercita, se acerca, 

me hace un mimo, y cada mimo 

media fortuna me cuesta. 

Eso sí, yo no escaseo 

mi caudal al complacerla, 

y á pesar de mi gordura (Riendo.) 

y de mi paso, se empeña 

en asirse de mi brazo 

y en ir recorriendo tiendas, 

haciendo de mis bolsillos 

una exposición completa. 

(Preocupado.) Otras veces frunce el ceño 

por la cosa más pequeña... 

El que llamó niño grande 

á la mujer, sabio era. 

¿Qué hará?... Veamos... 

(Mira por el agujero de la llave.) 

¡¡Magnífico!! 
¡Arroja el collar de perlas! 
¡Arranca las bellas flores 
que adornaban su cabeza!... 
¡Está divina!... Otra vez 
á sus enojos da tregua 



22 

y se engalana y sonríe... 

¡¡Y que no es linda la pérfi . (ai público.) 

Ahora levanta los brazos 

y llora... ¡Actitud soberbia!... 

De buena gana... Dejemos 

para después las ternezas. 

¿Qué murmura? (Aplica el ouio.) «Es mi marido 

»un monstruo sobre la tierra... 

»Yo le amansaré!... ¡Demonio!... 

»No es hombre, eso es una fiera, 

»un Barba-azul...» El saínete 

toma aspecto de tragedia. 

(Entra el criado con la carta.) 

Corriente... Déjame solo, (váse el criado.) 
Cuando yo fui calavera, 
me dio esta cita una prójima 

(Mostrando la carta.) 

hace siete años... Ya es fecha. 

Con ella quiero engañar 

á Emilia... ¡intrincada empresa! 

(Mira nuevamente por la cerradura.) 

¡Se aproxima! El enemigo 

avanza hacia la trinchera. 

¡Valor!... ¿Qué está haciendo? ¡Un mundQ 

de trajes y estuches llena!... 

No hay remedio. Viene á darme 

una despedida eterna. 

¡Bravísimo! Convirtámonos 

en dos héroes de novela. 

Quiere guerras intestinas, 

le hastía la paz doméstica. 

Adelante... le prometo 

que ha de quedar satisfecha. 

Si esto no es ser buen marido, 

que venga Dios y lo vea. 

(Se echa en el diván.) 

ESCENA V. 

LUÍS y EMILIA. 

Emilia. Aunque, su injusto desmán 



- 23 - 



rae ofenda, á usted me dirijo. 
Luis. Hable usted. 
Emilia. (Trágicamente.) Antes le exijo 

que abandone ese diván. 
Luis. ¡Si es tan cómodo!... 
Emilia. Es chistosa 

esa pasión indeleble: 
usted rinde culto á un mueble, 
y no hace caso á su esposa... 
¡Qué espanto! ¡Qué insensatez!... 
Pasemos ahora á otro asunto: 
¿Voy al baile?... lo pregunto, 
pero... por última vez. 
No. 

Su crueldad es notoria. 
Cierto. 

Todo ha concluido. 
Lo celebro. 

Me despido. 
Aquí paz y después gloria. 
Viva usted según le cuadre, 
yo no estoy á su merced 
como un mueble. 

¿Se va usted? 
Sí señor, voy con mi madre. 

(Tranquilamente.) 

Vaya usted con Dios, Emilia? 

¿Se burla?... ¡Esto no es vivir!... 

Pero es que voy á pedir 

protección á mi familia. 

Todo ha muerto entre los dos; 

nunca cedo ante un capricho. 

Muy bien hecho, y ya le he dicho 

que se vaya usted con Dios. 

Nuestra ventura es fugaz, 

usted mata mi sosiego, 

vayase usted, se lo ruego, 

y déjeme usted en paz. 
Emilia. ¡Qué horrible trasformacion!... 

¿y es usted?... 
Luis. Desde este instante 

somos libres.... 



Luis. 

Emilia, 

Luis. 

Emilia. 

Luis. 

Emilia. 

Luis. 

Emilia. 



Luis. 

Emilia. 

Luis. 

Emilia. 



Luis. 



Emilia. El tunante 

quiere su emancipación. 

Usted me está torturando 

con esa opresión impía... 

Agur... 
Luis. (Alegremente.) Esto es, hija mia, 

lo que estaba deseando. 

Vendrán las dulces revanchas, 

y los amantes deslices, 

y aquellas horas felices 

en que gozaba á mis anchas. 

¡Vivir solo!... Este es el sueño 

que en mí sin cesar se agita... 

(Con marcada intención.) 

Hoy acudiré á una cita, 

seré de mis actos dueño... 

Este es mi bello ideal, 

y el bien más grande del mundo. 

y el capítulo segundo 

de «Ternura conyugal.» 

Emilia. ¡Gran libro!... 

Luis. Vendré á deshora, 

y viviré alegremente, 
iré á escape entre la gente 
como una locomotora; 
sin que ningún botarate 
aceche esas perfecciones, 
al ir haciendo estaciones 
de uno en otro escaparate. 
No oiré ese tono burlesco 
que es un infierno en la casa, 
y entre ventaras sin tasa 
me pondré como un tudesco. 

Emilia. ¿Más aún? 

Luis. En el diván, 

Ó en Otro Sitio mejor.... (Con intención.) 

¿lo oye usted?... á mi sabor 
fumaré como un sultán... 
y ascendiendo en blandos giros 
el humo, en nubes nevadas, 
iré á recoger miradas 
entusiastas y suspiros... 



25 — 



Emilia. 

Luis. 

Emilia. 

Luis. 

Emilia. 

Luis. 

Emilia. 
Luis. 

Emilia. 
Luis. 



Emilia. 
Luis. 



Emilia. 
Luis. 



Emilia. 



Y no he de ser yo el culpable 

si corro á salto de mata 

tras la débil... y la ingrata... 

¡Tan gordo!... 

(con mucha caima.) ¡Y tan saludable 

Pues han de oírnos los sordos. 

¿Gritará usted? 

Ferozmente... 
no por amor. 

Francamente, 
sé á quién le gustan los gordos. 
¡Qué aberración! 

Dulce esposa, 
largúese usted por favor. 
¡Monstruo rollizo!... 

Mejor; 
así no iré á Panticosa. 
En este robusto físico 
un alma ardiente se esconde, 
yo no soy como el vizconde, 
lánguido, tétrico y tísico. 
Vamos... corra usted en pos 
de su amor, no soy celoso. 
¡Ser degradado!... 

Su esposo 
es á la buena de Dios. 
Si ya de nada me asusto... 
corra usted... ¿qué le detiene?... 
lo que es hoy usted no tiene 
el más delicado gusto... (Riendo.) 
Adiós para siempre... 

(Abriendo la puerta.) EstOV 

harto de tanta reyerta; 
tiene usted franca la puerta... 
Pues entonces no me voy. 
¡Dejar mi casa!... ¡qué espanto!.., 
el mundo entero creería 
que yo la culpa tenia, 
y que mí esposo era un santo; 
cuando es él quien me provoca 
con su carácter tremendo, 
y yo la que estoy sufriendo 



— 26 — 



sin decir esta es mi boca. 

Usted mi desdicha labra 

con esos gritos malditos... 

No me dé usted esos gritos... 
Luis. Si no digo una palabra. 

¿Ya no se va usted? 
Emilia. Ya no: 

Luis. ¿Qué?... ¿no le soy importuno? 
Emilia. Sí. 
Lias. Pues aquí sobra uno, 

y ese que sobra soy yo. 

EMILIA. (Deteniéndole.) 

óigame usted... No es posible 

que usted quiera demostrar 

que su esposa da lugar 

á una pasión reprensible; 

puesto que la afrenta mia 

por mil lenguas comentada 

en ridículo trocada 

sobre usted reflejaría. 

Usted sabe que es un cuento, 

que es una infame invención, 

que no abrigo tal pasión... 
Luis. Señora, yo no lo invento. 

Palpitando de placer 

usted me lo ha referido. 
Emilia. Adiós, pérfido marido... 
Luis. Adiós, inicua mujer. 

(Luis deja caer en el suelo la carta que le yntregii 
el criado.) 

Emilia. ¿Á dónde va usted, á dónde?... 

Luis. Al infierno. 
Emilia. Buen lugar. 

Luis. Allí irá usted á parar 

con su amiguito el vizconde. 

Emilia. Aguarde usted, caballero. 

Luis. Señora, beso sus pies, (váse.) 

(Emilia queda ponsativa, y Luis asoma la cabeza 
diciendo.) 

Se me olvidaba... este es 

el Capítulo tercero. (Váse definitivamente.) 



__ 97 — 



ESCENA Vil. 



Me abandona mi opresor 
junto al borde del abismo... 
¡Qué escándalo!... ¡qué cinismo!... 

(\'a hacia la puerta.) 

¡Pérfido!... ¡ingrato!... ¡traidor!... 
¡Se va!.. ¡Fementidos seres!... 
nos ultrajan de mil modos... 
Luis es lo mismo que todos... 
¡Desventuradas mujeres!!... (Pausa.) 
El caso es que no me aplaco 
y le hago una guerra á muerte... 
¿Cuál es su flaco más fuerte?... 
¡El ser gordo!... vaya un flaco!... 
Luis me quiere, y le exaspero... 
Pues tiene razón, y mucha. 

(Mira en torno suyo.) 

Ahora que nadie me escucha 

soy franca... también le quiero. (Pausa.) 

Pero qué necesidad 

tenia yo de este ruido 

si siempre su amor ha sido 

toda mi felicidad. (Pausa.) 

Puede el diablo recrearse: 

á mi alrededor había 

ventura... paz... alegría... 

cuanto puede ambicionarse... 

quise ver á Luis celoso 

para tenerle rendido, 

y con su amor lie perdido 

mi ventura y mi reposo. (Pausa.) 

Y él estará tan sereno 

gozándose en mi dolor... 

Quisiera tener valor 

para lomar un veneno. 

Pero si al veneno acudo 

en un arrebato fiero, 

y como es fácil me muero, 



tengo que dejarle viudo... 

Eso es lo que le conviene; 

eso quiere mi marido; 

no señor, no me suicido 

por la cuenta que me tiene. (Pausa.) 

¿En dónde existe una esposa 

más triste que esta mujer?... 

¿Volverá?... no lia de volver? 

pues no faltaba otra cosa. 

¿Y si á mi afán no responde 

creyéudose amenazado?... 

Pero si nunca he pensado 

en semejante vizconde. 

¿Y si se hace el remolón 

y á ir tras sus huellas me obliga. 

y me exige que le diga: 

téchame la absolución, 

dando al mundo un testimonio 

al doblar ante él mi sien, 

de que el arcángel también 

se prosterna ante el demonio?...» 

¡Vamos!... Tendría que ver 

que yo, con pesar profundo, 

fuese... Por nada del mundo 

doy yo mi brazo á torcer. 

Seria un caso irrisorio 

decir quien no le ha ofendido: 

(Suplicante hasta la exageración.) 

«Heme á tus plantas, marido; 

no hagas el don Juan Tenorio.» 

Y de él no puedo quejarme 

porque no hay seres perfectos, 

y Luis, entre sus defectos, 

nunca tuvo el de engañarme. (Pausa.) 

(Recoge la carta que Luis ha dejado caer en el 

suelo.) 

¿Qué es esto?... ¡¡Una carta!!... Á ver... 
(Lee.) «No faltes...» ¡Es una cita!... 
*Luis mió...» ¡Infamia inaudita!... 
«Te amo.» (Fuera de sí.) ¡Letra de mujer!... 

«Vefl } (Lee con voz entrecortada.) 

y no burles mi afán; 



- 29 — 

le aguardaré en el teatro... 

Que no faltes... Te idolatro...» (Deja de leer.) 

Este hombre es un sultán. 

(Lee nuevamente.) 

«La vida es un mar que surco 
con tu imagen en el pecho... 

Hoy es la fuga...» (Estrujando la carta.) 

Esto es hecho: 
estoy unirla al Gran Turco. (Pausa.) 
Mi pensamiento delira; 
estoy mil dudas forjando... 
si creo que estoy soñando... 
si me parece mentira... 
¡Oh!... sí!... Nos oirán los sordos... 
¿Quién firma la carta?... (Leyendo.) Inés. 
¡Desventurada!... Esta es 
á quien le gustan los gordos. (Pausa.) 
¡Espantosa situación!... 
Yo tan feliz, tan mimada, 
voy á vivir condenada 
á eterna separación... 

(Miranda hacia la puerta.) 

¡No vuelve!... Debe estar harto 
de sufrirme, lo comprendo, (pausa.) 
¡Ya caigo!... Está discurriendo 
sobre el capítulo cuarto. 

ESCENA ULTIMA. 

EMILIA y LUIS. 

Emilia. (Ap.) ¡El monstruo!... 

Luis. (Ap.) Esto no va mal. 

Emilia. Lo que es ante él no me postro: 

¡cómo le delata el rostro!... 

¡¡qué aspecto tan criminal!!! 

LUIS. (Con afectada timidez.) 

¡¡Emilia!!... 

(Mira en torno intranquilamente.) 

Emilia. (a p .) ¡Viene turbado! 

Luís. (Registrándose los bolsillos.) 

¿Dónde está? ... (a p .) Tragó el anzuelo. 



— 30 — 

EMILIA. (irónicamente.) 

¿Qué busca usted por el suelo?... 
Luis. Un trozo de aquel tratado. 
Emilia. ¿Alguna página bella 

digna de esculpirse en bronces... 
Luis. Habla de amor. 
Emilia. Pues entonces 

pregúntele á Inés por ella. 

LUIS. (Fingiendo asombro.) 

¡Eh!.. ¿cómo?... 
Emilia. Mal me contengo. 

LUIS. (Tímidamente.) Ignoro... 

Emilia. La cosa es clara: 

¿y está usted con esa cara?... 
Luís. Señora, con la que tengo. 
Emilia. (Furiosa.) Ya be diebo que me incomodo 

apenas me dan un grito: 

no grite usted, que me irrito... 
Luis. (Con caima.) Si usted se irrita por todo. 
Emilia. ¿Y viene usted tan ufano 

obrando como un perdido?... 

Lea usted el contenido... 

(Mostrándole la carta.) 
LüIS. ¡Jesús! (Retrocediendo.) 

Emilia. (Pausa.) Esto no es cristiano. 

(Emilia mira fija y amenazadoramente á su marido.) 

Y... ¿á qué hora tendrá lugar 

la fuga? esposo funesto... 

Hable usted. 
Luis. ¿Pero hay en esto 

algo de particular? 
Emilia. ¡Qué desvergüenza!... 
Luis. También 

deja usted de ser un templo. 
Emilia. Si usted siguiera mi ejemplo 

seria un hombre de bien. 
Luis. ¿Y... el baile? 
Emilia. Ya he renunciado, 

veo que usted se extravia, 

y no quiero que algún dia 

me culpe de su pecado. 

LUIS. (Trata de abrazarla.) 



— 51 — 

¡Encantadora mitad!... 
Emilia. Apártese de mí, 

libertino... aun vive aquí 

(Señalándose el pecho.) 

íntegra mi dignidad. 
Luis, estoy horrorizada; 
la carta que usted dejó 
se interpone entre usté y yo. 

LüIS. (Con ternura.) 

Tiene la fecha atrasada. 
¡Tontuela!... ¡si te idolatro! .. 
Pon término á tus enojos... 
Ven... fija tus bellos ojos... 

(Le muestra la fecha.) 
EMILIA. (Respirando anchamente.) 

Abril del sesenta y cuatro. 
Luis. ¿Lo ves? 

Emilia. (Alegremente.) La vida me has vuelto. 
Luis. Y en mí renace la calma. 
Emilia. Me pareces una palma 

por lo delgado y lo esbelto. 

(Entusiasmada.) 

Luciremos nuestros trapos 

zanjando resentimientos, 

y saldremos tan contentos, 

y tan gordos, y tan guapos. 
Luís. Cese ya con mi zozobra 

tu inexplicable desvío. 
Emilia. ¿Me quieres mucho? 

LUIS. (La besa la mano.) Bien mÍO, 

este es el fin de mi obra. 
Emilia. El principio era fatal, 

pero el fin la santifica; 

no escribas mas, y practica 

la «Ternura conyugal.» 
Luis. Ya vas aceptando el título. 
Emilia. Sí, Luis, ya no le rechazo. 
Luis. Emilia, dame un abrazo. 
Emilia. (Abrazándole.) Mi bien... 
Luis. . Último capítulo. 



F[[S'. 



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Prop. que 
Ate. Goriesponie 



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la. (Zarzuela.) 

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